Todos, diariamente, sin excepción experimentamos batallas de mayor o menor complejidad, no obstante, la que resulta más difícil no se libra afuera, sino en un territorio sin mapa, nosotros. Esto supera las enseñanzas de nuestra formación académica. Vivimos en una época en la que se puede llegar a confundir la conquista con la acumulación; más logros, más versiones mejoradas de si mismo, esa carrera puede llegar a tener un defecto estructural: lo humano no es un defecto a superar. Es la materia prima.
Conquistarse representa corregirse. No es eliminar los bordes ásperos hasta hacerse socialmente aceptable o presentable. Es algo en realidad honesto y, francamente, incómodo: reconocer lo que realmente se es a partir de sus contradicciones, sus miedos, su capacidad de ser generoso y mezquino y desde ahí, no desde la negación, construir algo propio.
Cuando Marco Aurelio escribía sus meditaciones, no lo hacía para alcanzar fama o gloria, las escribía porque gobernar un imperio era sencillo comparado con gobernarse a sí mismo. Mucho tiempo después esta premisa sigue vigente.
La conquista verdadera surge cuando se deja de anteponer excusas. Cuando se tiene la certeza de que nuestra forma de ver e interpretar obedece a una práctica permanente, imperfecta y siempre mejorable. Nadie alcanza esto de forma impecable, hay obstáculos, días en que uno se comporta exactamente como no esperaba. Eso también es parte del proceso, y pretender lo contrario sería mentir.
Conquistarse desde la esencia humana es, un acto permanente de valentía: mirarse sin demasiada misericordia y sin demasiada severidad. No hay aplicación para eso, solo tiempo, atención y la disposición de incomodarse un buen rato.
Por: Andrés Conrado - Líder UCIA